martes, 7 de noviembre de 2017

El viacrucis del efectivo

El viacrucis del efectivo

Mañana calurosa donde el sol tenía un resplandor típico en Maracaibo, causando treinta y no sé cuántos grados centígrados en la ciudad, evaporando los zapatos de todos los que pisaban el asfalto.

El fatídico día empezó llegando al centro de  la ciudad, buscando por todos lados un banco porque no se encuentra dinero en efectivo, y los puntos de venta en cada uno de los negocios estaban caídos, como ya es habitual en las últimas semanas, meses, y quién sabe cuánto tiempo.

Caminé por el centro. Todo un viacrucis con calles inundadas de basura atorrante con un olor que se mete en los pulmones y no sale, aunado a l asfalto deteriorado y los edificios antiguos que se ven manchados por los vendedores ambulantes que no pagan ningún tipo de impuestos e incluso atropellan con sus servicios a las personas.
Algo cómico porque con ese dinero no se compra nada en la actualidad.

Justo antes de llegar al Banco de Venezuela, unos gritos ensordecedores de almas cansadas retumbaban en las estructuras viejas y abandonadas –sólo algunas−. Eran personas de la tercera edad cobrando el dinero prometido de la pensión a las afueras del lugar.

Más de tres horas pasé entre esos más de cincuenta “viejitos” y otras cien personas que esperaban sacar dinero en efectivo, como yo quería hacerlo. En el medio de la espera, el cielo se tornó gris, al mismo tiempo que la brisa venía fría y el sol se empezaba a ocultar en medio de las nubes que estaban cargadas de agua.

Sólo pasaron minutos, y se desató el torrencial aguacero en aquel lugar lleno de gente loca por tener dinero en sus manos, pero lo que no sabían es que el agua fría que venía en gotas enormes amargarían más su día.

Yo no podía con mi amargura, porque no lograba aceptar todo aquello que me rodeaba y ver a gente que se había acostumbrado a las situaciones deprimentes y llenas de martirio. Parecía una estatua, en medio de la lluvia y mirando hacia el frente esperando a que la fila avanzara. Un hombre tropezó mi hombro y ni me moví, sintiendo la mirada fría de aquel que casi se cae al toparse conmigo.

También vi una señora con una edad cercana a los 70 años, con una jarra de café en la mano y una bolsa negra en la otra, gritando en repetidas ocasiones “¡café, cigarro, café!”, mientras un mural con las palabras “socialcapitalismo. Libertad y patria. ¡Viva Chávez!”, cuidaba a todos los presentes a las 12 del mediodía.

Fue un dolor ver a todos esos señores de edad avanzada mojarse por la lluvia, viendo cómo las puertas del banco seguían cerradas mientras que la intensidad aumentaba y el viento hacía que esa agua no dejara a nadie sin empapar. Noté que mi dramatismo no era nada comparado a aquella escena donde los cuerpos se mojaban sin contemplación, nada más por esperar unos desgraciados billetes.

Tan solo diez mil bolívares (un almuerzo barato hoy en día en cualquier restaurante) fue lo que cada uno pudo sacar, en medio de lluvia, gritos, empujones y peleas, pasando un viacrucis que es típico en una ciudad mugrienta, llena de egoísmo y anarquía, acentuando aún más una situación que cada día carcome en una mayor proporción las entrañas de la que solía ser la primera ciudad de Venezuela.

Pero en medio de aquel diluvio, una señora iba caminando en contra de la lluvia, la cual venía con vientos desde el sureste. Parecía que la retaba sin importar la fuerza que tuviera, y sólo ahí entendí que justo como esa señora, nosotros actualmente nos enfrentamos a la tormentosa situación que nos rodea, yendo hacia ella directamente, hasta que algún día pase. Quizás no sea lo correcto, pero ese espíritu luchador nos pertenece desde hace más de dos siglos.


Y sí, me quedo con ese gesto que inundó mi corazón de esperanza, a pesar de todos los golpes vividos en un día en busca de efectivo.

Foto: @maracaibofotogenica

viernes, 18 de agosto de 2017

He visto



He visto a una persona sumergida en la decadencia de la sociedad, siendo pisoteada por otros que se benefician de la extrema pobreza, la cual se afianza cada día más en esta entidad que se ha convertido en sinónimo de tristeza.

He visto cómo la sonrisa se ha borrado de quienes en algún momento sólo mostraban su felicidad sin importar lo que rodeaba a su entorno; la amargura ahora se caracteriza como el principal detalle de aquellos que iluminaban con su dentadura y alegraban el día de los obstinados

He visto cómo un niño se sienta en una acera mientras el sol calienta sus pies descalzos y con sus manos cubiertas de suciedad y algunos granos de arena, los cuales estaban en su piel no precisamente por jugar en la tierra con carros o una pelota, sino por buscar un pedazo de cartón donde dormir. Con esos dedos invadidos por la mugre, se llevaba los dos panes a la boca, sin nada de relleno, ensuciando también parte de sus labios pero alimentando por primera vez en el día su estómago, justo cuando el sol se ocultaba por el oeste.

He visto abuelos haciendo una larga cola a las afueras de un banco con avisos que reflejaban a gritos los logros de la revolución. Luego los he visto llorar en silencio por las noches, y no por el olvido de sus hijos que abandonaron su casa, sino porque sus nietos se habían acostado con una arepa con mantequilla como cena.

He visto personas de todas las edades caminando como unos indigentes con hogares buscando en cada esquina el basurero más grande, para así sentarse a revolotear entre las bolsas motivados a encontrar un pedazo de carne o verduras podridas para poder alimentarse, al mismo tiempo que la pudrición invadía sus pulmones y las moscas dejaban huevos en su piel, justo antes de que los gusanos rozaran lo que se iban a comer.

Pero también he visto un renacimiento; he visto una resurrección. He visto cómo después de caer y dejar la sangre pegada en el pavimento, las personas se levanta. Y crecen. Y no vuelven a caer. Y sanan sus heridas. Y patean a aquellos que los hicieron caer y romperse la piel hasta aprender que ese error no se puede volver a cometer.