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martes, 13 de marzo de 2018

Lloro por las noches

Lloro por las noches.

Esas noches en las cuales el frío de mi cuarto me acoge y la oscuridad es eterna tanto en mi mente como en lo que me rodea.

Busco consuelo, mirándote cuando estás bella y enamoras a cada uno de los que te ven. También observo qué tan imponente eres en comparación con los demás, lo que me conlleva no a preferirte, sino a ser la única con la que quiero hacer mi vida.

Veo gente llorando encima de ti; derramando su sangre mientras corren de alguna parte de ti que se metió a la fuerza y ahora no quiere salir.

La oscuridad me pide a gritos abandonarte al mismo tiempo que la luz del día quiere que siga luchando a tu lado, como siempre lo hemos hecho.

Te busco en todos lados, y en donde sea te encuentro, ahí tambaleante sin saber a dónde vas, pero sin derrumbarte a pesar de que te pateen y quieran seguir lastimándote para hacerte caer.

Siempre estás ahí, muriéndote por dentro pero dando lo mejor de ti.

Hago silencio y dejo que las voces se vuelvan locas entre sí a mi alrededor mientras las lágrimas que salen de los ojos rodean mis mejillas y caen en mi sábana.

Aún no me he ido y siento cómo mi corazón se estremece al imaginarme en la pista de despegue de un aeropuerto o cruzando de alguna manera una concurrida frontera.

Disculpa si te dejo algún día, pues te juro que cada noche lloraré por ti, a pesar de que yo sea el único culpable de todo lo que te está pasando.

Solo deseo verte libre, y cada día que pasa veo más lejano mi sueño, y lloro por las noches.

Foto: Horacio Siciliano

martes, 7 de noviembre de 2017

El viacrucis del efectivo

El viacrucis del efectivo

Mañana calurosa donde el sol tenía un resplandor típico en Maracaibo, causando treinta y no sé cuántos grados centígrados en la ciudad, evaporando los zapatos de todos los que pisaban el asfalto.

El fatídico día empezó llegando al centro de  la ciudad, buscando por todos lados un banco porque no se encuentra dinero en efectivo, y los puntos de venta en cada uno de los negocios estaban caídos, como ya es habitual en las últimas semanas, meses, y quién sabe cuánto tiempo.

Caminé por el centro. Todo un viacrucis con calles inundadas de basura atorrante con un olor que se mete en los pulmones y no sale, aunado a l asfalto deteriorado y los edificios antiguos que se ven manchados por los vendedores ambulantes que no pagan ningún tipo de impuestos e incluso atropellan con sus servicios a las personas.
Algo cómico porque con ese dinero no se compra nada en la actualidad.

Justo antes de llegar al Banco de Venezuela, unos gritos ensordecedores de almas cansadas retumbaban en las estructuras viejas y abandonadas –sólo algunas−. Eran personas de la tercera edad cobrando el dinero prometido de la pensión a las afueras del lugar.

Más de tres horas pasé entre esos más de cincuenta “viejitos” y otras cien personas que esperaban sacar dinero en efectivo, como yo quería hacerlo. En el medio de la espera, el cielo se tornó gris, al mismo tiempo que la brisa venía fría y el sol se empezaba a ocultar en medio de las nubes que estaban cargadas de agua.

Sólo pasaron minutos, y se desató el torrencial aguacero en aquel lugar lleno de gente loca por tener dinero en sus manos, pero lo que no sabían es que el agua fría que venía en gotas enormes amargarían más su día.

Yo no podía con mi amargura, porque no lograba aceptar todo aquello que me rodeaba y ver a gente que se había acostumbrado a las situaciones deprimentes y llenas de martirio. Parecía una estatua, en medio de la lluvia y mirando hacia el frente esperando a que la fila avanzara. Un hombre tropezó mi hombro y ni me moví, sintiendo la mirada fría de aquel que casi se cae al toparse conmigo.

También vi una señora con una edad cercana a los 70 años, con una jarra de café en la mano y una bolsa negra en la otra, gritando en repetidas ocasiones “¡café, cigarro, café!”, mientras un mural con las palabras “socialcapitalismo. Libertad y patria. ¡Viva Chávez!”, cuidaba a todos los presentes a las 12 del mediodía.

Fue un dolor ver a todos esos señores de edad avanzada mojarse por la lluvia, viendo cómo las puertas del banco seguían cerradas mientras que la intensidad aumentaba y el viento hacía que esa agua no dejara a nadie sin empapar. Noté que mi dramatismo no era nada comparado a aquella escena donde los cuerpos se mojaban sin contemplación, nada más por esperar unos desgraciados billetes.

Tan solo diez mil bolívares (un almuerzo barato hoy en día en cualquier restaurante) fue lo que cada uno pudo sacar, en medio de lluvia, gritos, empujones y peleas, pasando un viacrucis que es típico en una ciudad mugrienta, llena de egoísmo y anarquía, acentuando aún más una situación que cada día carcome en una mayor proporción las entrañas de la que solía ser la primera ciudad de Venezuela.

Pero en medio de aquel diluvio, una señora iba caminando en contra de la lluvia, la cual venía con vientos desde el sureste. Parecía que la retaba sin importar la fuerza que tuviera, y sólo ahí entendí que justo como esa señora, nosotros actualmente nos enfrentamos a la tormentosa situación que nos rodea, yendo hacia ella directamente, hasta que algún día pase. Quizás no sea lo correcto, pero ese espíritu luchador nos pertenece desde hace más de dos siglos.


Y sí, me quedo con ese gesto que inundó mi corazón de esperanza, a pesar de todos los golpes vividos en un día en busca de efectivo.

Foto: @maracaibofotogenica