El
viacrucis del efectivo
Mañana
calurosa donde el sol tenía un resplandor típico en Maracaibo, causando treinta
y no sé cuántos grados centígrados en la ciudad, evaporando los zapatos de
todos los que pisaban el asfalto.
El
fatídico día empezó llegando al centro de
la ciudad, buscando por todos lados un banco porque no se encuentra
dinero en efectivo, y los puntos de venta en cada uno de los negocios estaban
caídos, como ya es habitual en las últimas semanas, meses, y quién sabe cuánto
tiempo.
Caminé
por el centro. Todo un viacrucis con calles inundadas de basura atorrante con
un olor que se mete en los pulmones y no sale, aunado a l asfalto deteriorado y
los edificios antiguos que se ven manchados por los vendedores ambulantes que
no pagan ningún tipo de impuestos e incluso atropellan con sus servicios a las
personas.
Algo cómico porque con ese dinero no se compra nada en la
actualidad.
Justo
antes de llegar al Banco de Venezuela, unos gritos ensordecedores de almas
cansadas retumbaban en las estructuras viejas y abandonadas –sólo algunas−. Eran personas de la tercera edad
cobrando el dinero prometido de la pensión a las afueras del lugar.
Más de tres horas pasé entre esos más de cincuenta “viejitos”
y otras cien personas que esperaban sacar dinero en efectivo, como yo quería
hacerlo. En el medio de la espera, el cielo se tornó gris, al mismo tiempo que
la brisa venía fría y el sol se empezaba a ocultar en medio de las nubes que
estaban cargadas de agua.
Sólo pasaron minutos, y se desató el torrencial aguacero en
aquel lugar lleno de gente loca por tener dinero en sus manos, pero lo que no
sabían es que el agua fría que venía en gotas enormes amargarían más su día.
Yo no podía con mi amargura, porque no lograba aceptar todo
aquello que me rodeaba y ver a gente que se había acostumbrado a las
situaciones deprimentes y llenas de martirio. Parecía una estatua, en medio de
la lluvia y mirando hacia el frente esperando a que la fila avanzara. Un hombre
tropezó mi hombro y ni me moví, sintiendo la mirada fría de aquel que casi se
cae al toparse conmigo.
También vi una señora con una edad cercana a los 70 años, con
una jarra de café en la mano y una bolsa negra en la otra, gritando en
repetidas ocasiones “¡café, cigarro, café!”, mientras un mural con las palabras
“socialcapitalismo. Libertad y patria. ¡Viva Chávez!”, cuidaba a todos los
presentes a las 12 del mediodía.
Fue un dolor ver a todos esos señores de edad avanzada
mojarse por la lluvia, viendo cómo las puertas del banco seguían cerradas
mientras que la intensidad aumentaba y el viento hacía que esa agua no dejara a
nadie sin empapar. Noté que mi dramatismo no era nada comparado a aquella
escena donde los cuerpos se mojaban sin contemplación, nada más por esperar
unos desgraciados billetes.
Tan solo diez mil bolívares (un almuerzo barato hoy en día en
cualquier restaurante) fue lo que cada uno pudo sacar, en medio de lluvia,
gritos, empujones y peleas, pasando un viacrucis que es típico en una ciudad
mugrienta, llena de egoísmo y anarquía, acentuando aún más una situación que
cada día carcome en una mayor proporción las entrañas de la que solía ser la
primera ciudad de Venezuela.
Pero en medio de aquel diluvio, una señora iba caminando en
contra de la lluvia, la cual venía con vientos desde el sureste. Parecía que la
retaba sin importar la fuerza que tuviera, y sólo ahí entendí que justo como
esa señora, nosotros actualmente nos enfrentamos a la tormentosa situación que
nos rodea, yendo hacia ella directamente, hasta que algún día pase. Quizás no
sea lo correcto, pero ese espíritu luchador nos pertenece desde hace más de dos
siglos.
Y sí, me quedo con ese gesto que inundó mi corazón de esperanza,
a pesar de todos los golpes vividos en un día en busca de efectivo.
Foto: @maracaibofotogenica