miércoles, 10 de septiembre de 2014

La persona que pensé que no era

Desde que nací, hace ya casi 20 años, siempre fui un chamo tranquilo, humilde... De casa. Un niño que no buscaba problemas con nadie, no le gustaban ni siquiera las peleas en el liceo (que eran pan de cada día). Siempre trataba de ser amigable con mis compañeros. Llamaba a la paz en cada encontronazo, y cuando me buscaban, me alejaba rápidamente porque era un joven pacífico.

Desde el 15 de abril del 2013, las cosas cambiaron totalmente. Ese día fue anunciado, por el CNE, Nicolás Maduro como presidente de mi hermoso país. Pero ese no fue el detonante: Capriles declaró el fraude. Sentí como si hubieran encendido esa chispa de guerra que había dentro de mí. Un switche que estaba bien oculto porque nada ni nadie lo había conseguido, solo el amor por mi país, el cual es más grande que el que siento por cualquier otra cosa o persona.

El 19 de abril me encontraba con dos amigos, los tres estábamos completamente consumidos por las ganas de libertad, de justicia. En el CNE del Zulia, ubicado en la Av. Milagro, había una concentración de personas reclamando el fraude y, como era de esperarse, para allá fuimos. Una ballena de la GNB, unos 100 efectivos, como 20 de ellos con escopetas -que no sabía qué disparaban porque era inexperimentado en eso- y los demás con escudos, creando un cordón para que las personas no se acercaran a la sede el Consejo Nacional Electoral. Maduro fue proclamado como presidente en la Asamblea Nacional y todos en la concentración lo escuchamos en cadena nacional gracias a una camioneta negra con un sistema de sonido más grande que el propio dueño. 

Toda la gente enloqueció. Yo me encontraba a unos 20 metros del cordón de militares.
Miles de personas se sentían engañadas, impotentes y llenas de ira durante unos 2 minutos que se hicieron muy largos para todos. Me digne a acercarme a la barrera de los guardias (admito que sentía miedo). Cuando di el primer paso hacia adelante, los que estaban al frente empezaron a correr para atrás... Sin ningún motivo, o eso fue lo que pensé porque no había escuchado ni una detonación.

Bueno... Apenas di el primer paso pa' lante, corrí para atrás de una por la reacción de la gente; no pretendía ser el único bobo que se quedara adelante. En medio de esa carrera para ver quién huía más rápido, escuché el grito de un chamo -que no sé quién era- diciendo algo que me hizo detener de una "¡Vamos pa' lante!" con el mejor acento maracucho posible. Me detuve rápidamente y levanté mis brazos indicándole a los demás que también se detuvieran... ¡éramos más que ellos! ¿para qué correr?. Tenía una botella de Coca-Cola de dos litros, pero estaba llena de agua. Mis dos amigos pararon su corrida también al escuchar esa expresión. Agarré valentía y seguimos corriendo, pero esta vez sí fue hacia el lado correcto.

La mayoría de los manifestantes también corrió para adelante, diría que un 60% de las personas (57% eran jóvenes entre 18-23) y el otro 40% siguió huyendo, no les reclamé. Mientras nos acercábamos al cordón, sentía más miedo, pero cuando miré bien, había un guardia sin escudo, solo con su escopeta, y sin pensarlo dos veces, le lancé el pote de plástico lleno de agua con todas mis fuerzas. Ahí se fueron todos mis temores y seguí corriendo. Obviamente fallé mi tiro, pero sentí esa liberación. 


Seguía hacia adelante y la los demás también. Nos encontramos con el cordón de la guardia, puros escuderos, tampoco sabía de qué eran los escudos y aún así con la adrenalina que llevaba por dentro, al momento de chocar con ellos, fue como si una ola los hubiera arrastrado unos 10 metros. En medio de eso, intenté agarrar uno escudo. Coloqué mis manos por arriba y empecé a jalar con todas mis fuerzas, por un momento pensé que así robarían los malandros aquí en Venezuela las carteras de las mujeres, pero eso fue lo de menos. Uno de mis amigos me agarró por la cintura y empezó a jalarme también para tratar de agarrar el escudo (que es de plástico, por cierto). 

Mientras lo seguía sosteniendo entre empujones y gritos, los demás a mi alrededor intentaban hacer lo mismo. En una de esas miradas, como a 15 metros, empezó a salir un militar haciendo señas con las manos... a los 5 segundos, la ballena empezó a echar para adelante y al lado de ella se colocaron como 10 guardias, todos con escopetas. El miedo volvió a mí, pero mi rabia lo superaba.

Lamentablemente, luego de un minuto para tratar de agarrar el escudo del pobre soldado (enano, tenía que acotar.. ¡me llegaba por el pecho!), sentí el golpe más fuerte que había recibido en lo que llevaba de vida. Uno de los guardias me agarró de llenó y me dio con su escudo y su rolo de cuero totalemente, defendiendo a su compañero, obviamente. Ahí quedó la marca, un moretón que me duró dos semanas.

Pero, a pesar de todas las piedras que se lanzaron (no fueron muchas, en realidad) y las cantidades de roces y empujones, ese día no escuché ni una detonación, ni un disparo. Supongo que fue gracias a las señoras que trataban de calmar las cosas (y lo lograron). Solo amenazas con sus escopetas, apuntaban y no disparaban. En eso se quedó. Desde ese día sentí que eso era lo mío; la persona que siempre oculte sin darme cuenta, era radical. 

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