jueves, 2 de enero de 2020
Alma arrebatada
martes, 13 de marzo de 2018
Lloro por las noches
Lloro por las noches.
Esas noches en las cuales el frío de mi cuarto me acoge y la oscuridad es eterna tanto en mi mente como en lo que me rodea.
Busco consuelo, mirándote cuando estás bella y enamoras a cada uno de los que te ven. También observo qué tan imponente eres en comparación con los demás, lo que me conlleva no a preferirte, sino a ser la única con la que quiero hacer mi vida.
Veo gente llorando encima de ti; derramando su sangre mientras corren de alguna parte de ti que se metió a la fuerza y ahora no quiere salir.
La oscuridad me pide a gritos abandonarte al mismo tiempo que la luz del día quiere que siga luchando a tu lado, como siempre lo hemos hecho.
Te busco en todos lados, y en donde sea te encuentro, ahí tambaleante sin saber a dónde vas, pero sin derrumbarte a pesar de que te pateen y quieran seguir lastimándote para hacerte caer.
Siempre estás ahí, muriéndote por dentro pero dando lo mejor de ti.
Hago silencio y dejo que las voces se vuelvan locas entre sí a mi alrededor mientras las lágrimas que salen de los ojos rodean mis mejillas y caen en mi sábana.
Aún no me he ido y siento cómo mi corazón se estremece al imaginarme en la pista de despegue de un aeropuerto o cruzando de alguna manera una concurrida frontera.
Disculpa si te dejo algún día, pues te juro que cada noche lloraré por ti, a pesar de que yo sea el único culpable de todo lo que te está pasando.
Solo deseo verte libre, y cada día que pasa veo más lejano mi sueño, y lloro por las noches.
Foto: Horacio Siciliano
martes, 7 de noviembre de 2017
El viacrucis del efectivo
viernes, 18 de agosto de 2017
He visto
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Crónica: Mi inspiración es mi tierra
Desde hace días había vagado en mi mente buscando una inspiración para así poder escribir algo y distraerme de ciertas cosas que me tienen agobiado, pero nada caía. Y es muy raro porque normalmente las ideas llegan a mi cabeza y la tardanza es sentarme con un bolígrafo y papel para poder redactar algo y alejarme del mundo normal. Me preocupaba más que, a pesar de haber mil cosas de las cuales escribir, no me salía ni la primera letra.
El pasado sábado tuve que salir a hacer unas diligencias, específicamente en el centro de Maracaibo, en el Mercado Popular de Las Playitas. Fui a tomar un carro por puesto luego de caminar unas cuadras para esperarlo. Un taxi era difícil de agarrar a esa hora y el carrito, como le decimos coloquialmente en Maracaibo, me dejaba en la esquina de adonde quería llegar, fácilmente.
Luego de esperar unos veinte minutos, me pude montar en un "carrito", el cual se encontraba en deplorables condiciones para trabajar. El carro parecía estar chocado unas siete veces como mínimo. Su parachoques de adelante lo llevaba casi que arrastrado; el cartel que indicaba su ruta era de cartón y señalizado con marcadores; el tuvo de escape botaba más humo que una bomba lacrimógena, pero al final tuve un montarse porque ya el sol empezaba a ocultarse y no quería ir tan tarde para allá. Luego de tratar de cerrar la puerta unas tres veces, el chófer logró hacerlo (le di con todas mis fuerzas y aún así no cerraba). Al arrancar, me acomodaba para tratar que el resorte del asiento no me violara.
Mientras íbamos en camino, en el puesto de adelante venía una señora de unos 50 años de edad. Estaba hablando con el chófer de sus problemas, típico en Maracaibo. Yo solo miraba por la ventana a las motos que pasaban a 200 sin importar nada. La señora venía comiendo unas empanadas, las cuales admito me tenían con hambre también. En una esquina se bajó (sin dar las gracias, acotando eso) y al caminar por la acera la bolsa la bota en plena calle, exactamente como si la hubiese botado en una cesta de basura. En fin... Me ahorré las palabras y el carro siguió su camino.
Llegando al lugar, unas cuadras antes, los huecos en el pavimento que, citando a un amigo, "si caéi ahí llegái a Kazajstán" de mi grandes que son. La anarquía no se queda atrás, a pesar de la hora; todos se la quieren dar de arrechos para pasar de primero, y los policías posteados en la esquina viendo a las mujeres pasar o ligando algún choque o pequeña infracción para poder sacar provecho de eso. Pero como todo: cerré mi boca y esperé el final de esa batalla.
Llegué a mi destino finalmente y me interne de una vez en el Mercado para hacer lo que iba a hacer. La pobreza es terrible, más de lo que me imaginaba. Caos vehicular debido a los buhoneros que toman la mitad de la calle y otro 15% con la basura que ahí dejan. Desde niños hasta adultos mayores pidiendo dinero con un vaso de plástico y el olor gracias a los residuos, son los principales adornos de este centro de negocios.
Al terminar mi corto, pero asquerosamente triste recorrido, me fui a tomar el metro. Cuando iba a subir las escaleras, noté que una señora de unos 65 años necesitaba ayuda, casualmente me acerqué al mismo tiempo en el que lo hizo un Guardia Nacional. Ella se encontraba con un niño no mayor de 10 años que tenía problemas, al parecer de locomoción. Tenía tres bolsas en un brazo y el otro le servía para sostenerlo a él. La señora buscó la ayuda del guardia, pero este se sintió muy ocupado porque tenía una bolsa full de comida; solo la miró y no le dijo nada mientras yo estaba a su lado. Como no hubo respuesta, tomé al niño sin que la señora me lo pidiera, lo peor de todo es que, cuando iba a subir por las escaleras eléctricas, el guardia se adelantó y dijo "apura que llegó el metro". Lo sentí como una burla. Por dentro las maldiciones hacia él eran tendencia. La guinda del pastel para completar mi día de decepciones y tristezas. Solo el agradecimiento de la señora mayor y la sonrisa inocente del niño me alumbraron.
Me monté en el metro y este arrancó. Desde la estación Libertador hasta la Urdaneta es por arriba. En el camino veía todos esos barriales de esas zonas y notaba en la miseria que vivían las personas por ahí. Pensaba si irme o no. Si pertenecía a este país o no. ¿Estaría yo en el lugar correcto? Hacía lo posible para mejorar el país; lo que estuviera en mis manos, pero yo solo no haré el cambio. Nuevamente la nostalgia de no poder estar en un lugar que vaya para adelante y no para atrás, me tocaba mi cabeza y hacía que mi opción de irme este cada vez más firme.
Al terminar el recorrido del metro, vi un mural pintado de arte urbano que decía "Resistencia". Esa que tanto nombré yo unos meses atrás; esa que tanto les dije yo a mis conocidos que tuviera; esa es la que estoy perdiendo. Perdí la fé en que este país podía mejorar y eso duele. Cuando pienso que no podía empeorar, me equivoco. Todo va para peor.
Llegando a mi casa, vi una bandera de Venezuela, ese hermoso tricolor, guindada en un poste, en realidad no la había visto por esta zona. Y pude razonar claramente que mi inspiración es mi tierra, para bien o para mal. En ella nací, en esta generación de mierda que cada vez derrumba más nuestros sueños y dignidad y en un gobierno que sólo se hace más rico mientras nos hacemos más pobres. Todo se torna gris o casi negro. Esta generación, a la que yo y muchos pertenecemos, nos tocó vivir esto por una razón: tenemos el poder de sacar adelante y reconstruir el país para que la inspiración del futuro esté aquí y no afuera.
¿Por qué resignarnos a vivir en esta aldea? ¿Por qué quedarnos quietos y decirles a ellos "Dale, sigan haciendo desastre a Venezuela"? Porque eso pareciera... Nos dejamos arrebatar un país por quienes decían que lo iban a rescatar. Espero que seamos nosotros quienes de verdad lo rescatemos.

