jueves, 2 de enero de 2020

Alma arrebatada

Una bruma que se estremecía entre mis ojos, como nubes violentas en los andes venezolanos.
Un cuerpo reposaba sobre el suelo, inerte y quieto; sin rostro y carente de sentimientos; un cuerpo sin alma. A su lado, una mujer que lloraba y vertía sus lágrimas sobre la piel ya muerta del cadáver, como si fuesen gotas de sangre que emanaban de sus ojos.
Mi vista, confundida, alejándose del lugar, haciendo que aquella bruma se estremeciera más en mi mirada y la vista se me nublara a medida que más y más me iba alejando.
Era como un recuerdo que se difuminaba en la mente. Un material que se desvanecía entre mis manos como si fuera la arena cálida, húmeda y delgada de las costas caribeñas.
El llanto que en la distancia yo escuchaba como si fueran las turbinas de un avión despegando, dándole duros golpes a mi pecho.
Un dolor que no identificaba, pero que se intensificaba con cada latido que en mis paredes  del cuerpo rebotaba. Hasta respirar me dolía y el viaje se me hacía eterno en el intento de nubes que transitaba en triste y agotada mente.
La oscuridad de la ciudad donde la mujer abrazaba a ese cuerpo. Ciudad desolada, como si de zombies se tratase. Pero ella seguía allí, aferrada a la piel de un cadáver sin rostro y sin ningún sentimiento; carecía de identidad, pero no lo dejaba ni un minuto en paz.
Un vacío asemejado a la pérdida de un incongruente amorío, mientras el cuerpo seguía siendo llorado por una mujer a medida que lo sostenía en sus brazos. Las lágrimas se mantenían ahí, como un torrencial aguacero en el invierno llanero. Los gritos que gesticulaba se me hacían inaudibles. Sólo la veía allí, agitando sus brazos y abriendo su boca a medida que rozaba sus labios, pero no la escuchaba. Maldita sea la distancia que no me permitió escuchar sus últimas palabras.
Y la bruma, que más intensa se hacía. Ahora mi vida parecía estar corriendo entre las tinieblas, sin saber adónde iba y qué haría.
Pero algo rompió ese molde en mí de repente. Una sonrisa que se formaba en mi rostro dura y fría como los tepuyes en la sabana, pero sin ningún entendimiento.
Una luz azulada con un toque blanco que se asomaba sobre mi ventana. Relampagueante e intensa, iluminando todas mis penas a medida que el dolor aumentaba y aumentaba.
Era el Catatumbo despidiendo mi alma mientras volaba, al mismo tiempo que en el suelo mi madre lloraba mi cuerpo, abrazando al único recuerdo mío entre sus brazos tras esa ida forzada.
Y ahora mi alma reía, en otras y de manera forzada en algunas ocasiones. El viaje siguió y el camino tomó un verdor atípico con unas montañas que se vestían de blanco. Mi piel temblaba por lo helado que estaba allí afuera y por el miedo a andar solo. Un alma sola divagando por las calles nuevas y solitarias. Miraba hacia atrás y la bruma me tapaba. Quería regresar pero no conocía el camino. 
Me quedé allí, estancado y sin palabras; era un alma que fue arrebatada de su lugar común.

martes, 13 de marzo de 2018

Lloro por las noches

Lloro por las noches.

Esas noches en las cuales el frío de mi cuarto me acoge y la oscuridad es eterna tanto en mi mente como en lo que me rodea.

Busco consuelo, mirándote cuando estás bella y enamoras a cada uno de los que te ven. También observo qué tan imponente eres en comparación con los demás, lo que me conlleva no a preferirte, sino a ser la única con la que quiero hacer mi vida.

Veo gente llorando encima de ti; derramando su sangre mientras corren de alguna parte de ti que se metió a la fuerza y ahora no quiere salir.

La oscuridad me pide a gritos abandonarte al mismo tiempo que la luz del día quiere que siga luchando a tu lado, como siempre lo hemos hecho.

Te busco en todos lados, y en donde sea te encuentro, ahí tambaleante sin saber a dónde vas, pero sin derrumbarte a pesar de que te pateen y quieran seguir lastimándote para hacerte caer.

Siempre estás ahí, muriéndote por dentro pero dando lo mejor de ti.

Hago silencio y dejo que las voces se vuelvan locas entre sí a mi alrededor mientras las lágrimas que salen de los ojos rodean mis mejillas y caen en mi sábana.

Aún no me he ido y siento cómo mi corazón se estremece al imaginarme en la pista de despegue de un aeropuerto o cruzando de alguna manera una concurrida frontera.

Disculpa si te dejo algún día, pues te juro que cada noche lloraré por ti, a pesar de que yo sea el único culpable de todo lo que te está pasando.

Solo deseo verte libre, y cada día que pasa veo más lejano mi sueño, y lloro por las noches.

Foto: Horacio Siciliano

martes, 7 de noviembre de 2017

El viacrucis del efectivo

El viacrucis del efectivo

Mañana calurosa donde el sol tenía un resplandor típico en Maracaibo, causando treinta y no sé cuántos grados centígrados en la ciudad, evaporando los zapatos de todos los que pisaban el asfalto.

El fatídico día empezó llegando al centro de  la ciudad, buscando por todos lados un banco porque no se encuentra dinero en efectivo, y los puntos de venta en cada uno de los negocios estaban caídos, como ya es habitual en las últimas semanas, meses, y quién sabe cuánto tiempo.

Caminé por el centro. Todo un viacrucis con calles inundadas de basura atorrante con un olor que se mete en los pulmones y no sale, aunado a l asfalto deteriorado y los edificios antiguos que se ven manchados por los vendedores ambulantes que no pagan ningún tipo de impuestos e incluso atropellan con sus servicios a las personas.
Algo cómico porque con ese dinero no se compra nada en la actualidad.

Justo antes de llegar al Banco de Venezuela, unos gritos ensordecedores de almas cansadas retumbaban en las estructuras viejas y abandonadas –sólo algunas−. Eran personas de la tercera edad cobrando el dinero prometido de la pensión a las afueras del lugar.

Más de tres horas pasé entre esos más de cincuenta “viejitos” y otras cien personas que esperaban sacar dinero en efectivo, como yo quería hacerlo. En el medio de la espera, el cielo se tornó gris, al mismo tiempo que la brisa venía fría y el sol se empezaba a ocultar en medio de las nubes que estaban cargadas de agua.

Sólo pasaron minutos, y se desató el torrencial aguacero en aquel lugar lleno de gente loca por tener dinero en sus manos, pero lo que no sabían es que el agua fría que venía en gotas enormes amargarían más su día.

Yo no podía con mi amargura, porque no lograba aceptar todo aquello que me rodeaba y ver a gente que se había acostumbrado a las situaciones deprimentes y llenas de martirio. Parecía una estatua, en medio de la lluvia y mirando hacia el frente esperando a que la fila avanzara. Un hombre tropezó mi hombro y ni me moví, sintiendo la mirada fría de aquel que casi se cae al toparse conmigo.

También vi una señora con una edad cercana a los 70 años, con una jarra de café en la mano y una bolsa negra en la otra, gritando en repetidas ocasiones “¡café, cigarro, café!”, mientras un mural con las palabras “socialcapitalismo. Libertad y patria. ¡Viva Chávez!”, cuidaba a todos los presentes a las 12 del mediodía.

Fue un dolor ver a todos esos señores de edad avanzada mojarse por la lluvia, viendo cómo las puertas del banco seguían cerradas mientras que la intensidad aumentaba y el viento hacía que esa agua no dejara a nadie sin empapar. Noté que mi dramatismo no era nada comparado a aquella escena donde los cuerpos se mojaban sin contemplación, nada más por esperar unos desgraciados billetes.

Tan solo diez mil bolívares (un almuerzo barato hoy en día en cualquier restaurante) fue lo que cada uno pudo sacar, en medio de lluvia, gritos, empujones y peleas, pasando un viacrucis que es típico en una ciudad mugrienta, llena de egoísmo y anarquía, acentuando aún más una situación que cada día carcome en una mayor proporción las entrañas de la que solía ser la primera ciudad de Venezuela.

Pero en medio de aquel diluvio, una señora iba caminando en contra de la lluvia, la cual venía con vientos desde el sureste. Parecía que la retaba sin importar la fuerza que tuviera, y sólo ahí entendí que justo como esa señora, nosotros actualmente nos enfrentamos a la tormentosa situación que nos rodea, yendo hacia ella directamente, hasta que algún día pase. Quizás no sea lo correcto, pero ese espíritu luchador nos pertenece desde hace más de dos siglos.


Y sí, me quedo con ese gesto que inundó mi corazón de esperanza, a pesar de todos los golpes vividos en un día en busca de efectivo.

Foto: @maracaibofotogenica

viernes, 18 de agosto de 2017

He visto



He visto a una persona sumergida en la decadencia de la sociedad, siendo pisoteada por otros que se benefician de la extrema pobreza, la cual se afianza cada día más en esta entidad que se ha convertido en sinónimo de tristeza.

He visto cómo la sonrisa se ha borrado de quienes en algún momento sólo mostraban su felicidad sin importar lo que rodeaba a su entorno; la amargura ahora se caracteriza como el principal detalle de aquellos que iluminaban con su dentadura y alegraban el día de los obstinados

He visto cómo un niño se sienta en una acera mientras el sol calienta sus pies descalzos y con sus manos cubiertas de suciedad y algunos granos de arena, los cuales estaban en su piel no precisamente por jugar en la tierra con carros o una pelota, sino por buscar un pedazo de cartón donde dormir. Con esos dedos invadidos por la mugre, se llevaba los dos panes a la boca, sin nada de relleno, ensuciando también parte de sus labios pero alimentando por primera vez en el día su estómago, justo cuando el sol se ocultaba por el oeste.

He visto abuelos haciendo una larga cola a las afueras de un banco con avisos que reflejaban a gritos los logros de la revolución. Luego los he visto llorar en silencio por las noches, y no por el olvido de sus hijos que abandonaron su casa, sino porque sus nietos se habían acostado con una arepa con mantequilla como cena.

He visto personas de todas las edades caminando como unos indigentes con hogares buscando en cada esquina el basurero más grande, para así sentarse a revolotear entre las bolsas motivados a encontrar un pedazo de carne o verduras podridas para poder alimentarse, al mismo tiempo que la pudrición invadía sus pulmones y las moscas dejaban huevos en su piel, justo antes de que los gusanos rozaran lo que se iban a comer.

Pero también he visto un renacimiento; he visto una resurrección. He visto cómo después de caer y dejar la sangre pegada en el pavimento, las personas se levanta. Y crecen. Y no vuelven a caer. Y sanan sus heridas. Y patean a aquellos que los hicieron caer y romperse la piel hasta aprender que ese error no se puede volver a cometer.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Crónica: Mi inspiración es mi tierra

Desde hace días había vagado en mi mente buscando una inspiración para así poder escribir algo y distraerme de ciertas cosas que me tienen agobiado, pero nada caía. Y es muy raro porque normalmente las ideas llegan a mi cabeza y la tardanza es sentarme con un bolígrafo y papel para poder redactar algo y alejarme del mundo normal. Me preocupaba más que, a pesar de haber mil cosas de las cuales escribir, no me salía ni la primera letra.

El pasado sábado tuve que salir a hacer unas diligencias, específicamente en el centro de Maracaibo, en el Mercado Popular de Las Playitas. Fui a tomar un carro por puesto luego de caminar unas cuadras para esperarlo. Un taxi era difícil de agarrar a esa hora y el carrito, como le decimos coloquialmente en Maracaibo, me dejaba en la esquina de adonde quería llegar, fácilmente.

Luego de esperar unos veinte minutos, me pude montar en un "carrito", el cual se encontraba en deplorables condiciones para trabajar. El carro parecía estar chocado unas siete veces como mínimo. Su parachoques de adelante lo llevaba casi que arrastrado; el cartel que indicaba su ruta era de cartón y señalizado con marcadores; el tuvo de escape botaba más humo que una bomba lacrimógena, pero al final tuve un montarse porque ya el sol empezaba a ocultarse y no quería ir tan tarde para allá. Luego de tratar de cerrar la puerta unas tres veces, el chófer logró hacerlo (le di con todas mis fuerzas y aún así no cerraba). Al arrancar, me acomodaba para tratar que el resorte del asiento no me violara.

Mientras íbamos en camino, en el puesto de adelante venía una señora de unos 50 años de edad. Estaba hablando con el chófer de sus problemas, típico en Maracaibo. Yo solo miraba por la ventana a las motos que pasaban a 200 sin importar nada. La señora venía comiendo unas empanadas, las cuales admito me tenían con hambre también. En una esquina se bajó (sin dar las gracias, acotando eso) y al caminar por la acera la bolsa la bota en plena calle, exactamente como si la hubiese botado en una cesta de basura. En fin... Me ahorré las palabras y el carro siguió su camino.

Llegando al lugar, unas cuadras antes, los huecos en el pavimento que, citando a un amigo, "si caéi ahí llegái a Kazajstán" de mi grandes que son. La anarquía no se queda atrás, a pesar de la hora; todos se la quieren dar de arrechos para pasar de primero, y los policías posteados en la esquina viendo a las mujeres pasar o ligando algún choque o pequeña infracción para poder sacar provecho de eso. Pero como todo: cerré mi boca y esperé el final de esa batalla.

Llegué a mi destino finalmente y me interne de una vez en el Mercado para hacer lo que iba a hacer. La pobreza es terrible, más de lo que me imaginaba. Caos vehicular debido a los buhoneros que toman la mitad de la calle y otro 15% con la basura que ahí dejan. Desde niños hasta adultos mayores pidiendo dinero con un vaso de plástico y el olor gracias a los residuos, son los principales adornos de este centro de negocios.

Al terminar mi corto, pero asquerosamente triste recorrido, me fui a tomar el metro. Cuando iba a subir las escaleras, noté que una señora de unos 65 años necesitaba ayuda, casualmente me acerqué al mismo tiempo en el que lo hizo un Guardia Nacional.  Ella se encontraba con un niño no mayor de 10 años que tenía problemas, al parecer de locomoción. Tenía tres bolsas en un brazo y el otro le servía para sostenerlo a él. La señora buscó la ayuda del guardia, pero este se sintió muy ocupado porque tenía una bolsa full de comida; solo la miró y no le dijo nada mientras yo estaba a su lado. Como no hubo respuesta, tomé al niño sin que la señora me lo pidiera, lo peor de todo es que, cuando iba a subir por las escaleras eléctricas, el guardia se adelantó y dijo "apura que llegó el metro". Lo sentí como una burla. Por dentro las maldiciones hacia él eran tendencia. La guinda del pastel para completar mi día de decepciones y tristezas. Solo el agradecimiento de la señora mayor y la sonrisa inocente del niño me alumbraron.

Me monté en el metro y este arrancó. Desde la estación Libertador hasta la Urdaneta es por arriba. En el camino veía todos esos barriales de esas zonas y notaba en la miseria que vivían las personas por ahí. Pensaba si irme o no. Si pertenecía a este país o no. ¿Estaría yo en el lugar correcto? Hacía lo posible para mejorar el país; lo que estuviera en mis manos, pero yo solo no haré el cambio. Nuevamente la nostalgia de no poder estar en un lugar que vaya para adelante y no para atrás, me tocaba mi cabeza y hacía que mi opción de irme este cada vez más firme.

Al terminar el recorrido del metro, vi un mural pintado de arte urbano que decía "Resistencia". Esa que tanto nombré yo unos meses atrás; esa que tanto les dije yo a mis conocidos que tuviera; esa es la que estoy perdiendo. Perdí la fé en que este país podía mejorar y eso duele. Cuando pienso que no podía empeorar, me equivoco. Todo va para peor.

Llegando a mi casa, vi una bandera de Venezuela, ese hermoso tricolor, guindada en un poste, en realidad no la había visto por esta zona. Y pude razonar claramente que mi inspiración es mi tierra, para bien o para mal. En ella nací, en esta generación de mierda que cada vez derrumba más nuestros sueños y dignidad y en un gobierno que sólo se hace más rico mientras nos hacemos más pobres. Todo se torna gris o casi negro. Esta generación, a la que yo y muchos pertenecemos, nos tocó vivir esto por una razón: tenemos el poder de sacar adelante y reconstruir el país para que la inspiración  del futuro esté aquí y no afuera.

¿Por qué resignarnos a vivir en esta aldea? ¿Por qué quedarnos quietos y decirles a ellos "Dale, sigan haciendo desastre a Venezuela"? Porque eso pareciera... Nos dejamos arrebatar un país por quienes decían que lo iban a rescatar. Espero que seamos nosotros quienes de verdad lo rescatemos.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Y pasaron 224 días para esto

Hace siete meses todo era diferente... No veía que estaría escribiendo y sintiendo tantas cosas con respecto a mi país, su población y gobierno.

Hace siete meses comenzó ese movimiento en las calles; el pueblo parecía despertar. Hace siete meses vivíamos en una mejor situación económica que la de ahorita, pero que igual seguía siendo tan mala como para que el pueblo se volcara a las calles.

Hace siete meses las ciudades principales de Venezuela se llenaron de color, de esperanza, de valentía... De personas que exigían un cambio de gobierno a gritos. Hace siete meses los del alto mando no dormían como unos bebés.

Hace siete meses, algunas calles se tiñeron de sangre, una con un color igual al de los demás humanos, pero con una fuerza y olor a libertad como ninguna otra.

Se cumplen siete meses del asesinato de Bassil Dacosta y Robert Redman. Y hoy en día, los que exigían esa salida, no parecen recordar las gotas de sudor y el cansancio por las noches de las largas marchas que se hacían.

Hace siete meses Venezuela tenía memoria. Hace siete meses, el pueblo quería y se interesaba por lo que sucedía con su país. ¿O es que hace siete meses solo se preocupaban por una foto con su gorra y su bandera tricolor?

Ya son siete meses, y mientras pocos tratan de seguir lo que empezaron, la mayoría les da la espalda y siguen como si nada pasara. Siete meses de injusticias y desconsideraciones, mientras los de arriba siguen en el poder.

Cuando nos necesiten, quizá ya no estemos. Siete meses y no se dieron cuenta que nosotros teníamos la razón. Pasaron dos cientos veinticuatro días y solo nos apoyaron en treinta de ellos. Siete meses y todavía hubo gente en la calle, recibiendo gas y perdigones, confiando en que el pueblo puede reaccionar, pero se equivocaron y terminaron más de 50 detenidos. Y tuvieron que pasar tantos meses para que mis compañeros y yo nos diéramos cuenta de que no vale luchar por la población de este país.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La persona que pensé que no era

Desde que nací, hace ya casi 20 años, siempre fui un chamo tranquilo, humilde... De casa. Un niño que no buscaba problemas con nadie, no le gustaban ni siquiera las peleas en el liceo (que eran pan de cada día). Siempre trataba de ser amigable con mis compañeros. Llamaba a la paz en cada encontronazo, y cuando me buscaban, me alejaba rápidamente porque era un joven pacífico.

Desde el 15 de abril del 2013, las cosas cambiaron totalmente. Ese día fue anunciado, por el CNE, Nicolás Maduro como presidente de mi hermoso país. Pero ese no fue el detonante: Capriles declaró el fraude. Sentí como si hubieran encendido esa chispa de guerra que había dentro de mí. Un switche que estaba bien oculto porque nada ni nadie lo había conseguido, solo el amor por mi país, el cual es más grande que el que siento por cualquier otra cosa o persona.

El 19 de abril me encontraba con dos amigos, los tres estábamos completamente consumidos por las ganas de libertad, de justicia. En el CNE del Zulia, ubicado en la Av. Milagro, había una concentración de personas reclamando el fraude y, como era de esperarse, para allá fuimos. Una ballena de la GNB, unos 100 efectivos, como 20 de ellos con escopetas -que no sabía qué disparaban porque era inexperimentado en eso- y los demás con escudos, creando un cordón para que las personas no se acercaran a la sede el Consejo Nacional Electoral. Maduro fue proclamado como presidente en la Asamblea Nacional y todos en la concentración lo escuchamos en cadena nacional gracias a una camioneta negra con un sistema de sonido más grande que el propio dueño. 

Toda la gente enloqueció. Yo me encontraba a unos 20 metros del cordón de militares.
Miles de personas se sentían engañadas, impotentes y llenas de ira durante unos 2 minutos que se hicieron muy largos para todos. Me digne a acercarme a la barrera de los guardias (admito que sentía miedo). Cuando di el primer paso hacia adelante, los que estaban al frente empezaron a correr para atrás... Sin ningún motivo, o eso fue lo que pensé porque no había escuchado ni una detonación.

Bueno... Apenas di el primer paso pa' lante, corrí para atrás de una por la reacción de la gente; no pretendía ser el único bobo que se quedara adelante. En medio de esa carrera para ver quién huía más rápido, escuché el grito de un chamo -que no sé quién era- diciendo algo que me hizo detener de una "¡Vamos pa' lante!" con el mejor acento maracucho posible. Me detuve rápidamente y levanté mis brazos indicándole a los demás que también se detuvieran... ¡éramos más que ellos! ¿para qué correr?. Tenía una botella de Coca-Cola de dos litros, pero estaba llena de agua. Mis dos amigos pararon su corrida también al escuchar esa expresión. Agarré valentía y seguimos corriendo, pero esta vez sí fue hacia el lado correcto.

La mayoría de los manifestantes también corrió para adelante, diría que un 60% de las personas (57% eran jóvenes entre 18-23) y el otro 40% siguió huyendo, no les reclamé. Mientras nos acercábamos al cordón, sentía más miedo, pero cuando miré bien, había un guardia sin escudo, solo con su escopeta, y sin pensarlo dos veces, le lancé el pote de plástico lleno de agua con todas mis fuerzas. Ahí se fueron todos mis temores y seguí corriendo. Obviamente fallé mi tiro, pero sentí esa liberación. 


Seguía hacia adelante y la los demás también. Nos encontramos con el cordón de la guardia, puros escuderos, tampoco sabía de qué eran los escudos y aún así con la adrenalina que llevaba por dentro, al momento de chocar con ellos, fue como si una ola los hubiera arrastrado unos 10 metros. En medio de eso, intenté agarrar uno escudo. Coloqué mis manos por arriba y empecé a jalar con todas mis fuerzas, por un momento pensé que así robarían los malandros aquí en Venezuela las carteras de las mujeres, pero eso fue lo de menos. Uno de mis amigos me agarró por la cintura y empezó a jalarme también para tratar de agarrar el escudo (que es de plástico, por cierto). 

Mientras lo seguía sosteniendo entre empujones y gritos, los demás a mi alrededor intentaban hacer lo mismo. En una de esas miradas, como a 15 metros, empezó a salir un militar haciendo señas con las manos... a los 5 segundos, la ballena empezó a echar para adelante y al lado de ella se colocaron como 10 guardias, todos con escopetas. El miedo volvió a mí, pero mi rabia lo superaba.

Lamentablemente, luego de un minuto para tratar de agarrar el escudo del pobre soldado (enano, tenía que acotar.. ¡me llegaba por el pecho!), sentí el golpe más fuerte que había recibido en lo que llevaba de vida. Uno de los guardias me agarró de llenó y me dio con su escudo y su rolo de cuero totalemente, defendiendo a su compañero, obviamente. Ahí quedó la marca, un moretón que me duró dos semanas.

Pero, a pesar de todas las piedras que se lanzaron (no fueron muchas, en realidad) y las cantidades de roces y empujones, ese día no escuché ni una detonación, ni un disparo. Supongo que fue gracias a las señoras que trataban de calmar las cosas (y lo lograron). Solo amenazas con sus escopetas, apuntaban y no disparaban. En eso se quedó. Desde ese día sentí que eso era lo mío; la persona que siempre oculte sin darme cuenta, era radical.